Sermones y pláticas

Sermones y pláticas

La palabra de Dios, predicada con fe, alimenta el alma y la dispone a la oración. En esta página se irán publicando los sermones y pláticas del Padre Miguel María; mientras tanto, ofrecemos una pequeña selección de páginas clásicas de santos predicadores, franciscanos y marianos en su mayoría, traducidas de sus textos originales.

La predicación a las avecillas

San Francisco de Asís · Florecillas, capítulo XVI

Poco después de su conversión, San Francisco dudaba entre dedicarse solo a la oración o salir también a predicar. Pidió que rezaran por él Santa Clara y fray Silvestre, y ambos recibieron la misma respuesta: Dios no lo había llamado solo para sí, sino para la salvación de muchos. Así sigue el relato de las Florecillas, recogido por un fraile anónimo del siglo XIV.

Y yendo con ímpetu de espíritu, sin reparar en camino ni sendero, llegaron a un castillo que se llama Savurniano. Allí San Francisco se puso a predicar, y mandó primero a las golondrinas, que cantaban, que guardasen silencio hasta que él hubiese predicado; y las golondrinas le obedecieron. Y predicó con tanto fervor, que todos los hombres y mujeres de aquel castillo, por devoción, querían irse tras él y abandonar el lugar; pero San Francisco no se lo permitió, diciéndoles: «No tengáis prisa ni os marchéis, que yo dispondré lo que debéis hacer para la salvación de vuestras almas». Y entonces pensó en fundar la Tercera Orden, para la salvación de todos.

Y dejándolos muy consolados y bien dispuestos a la penitencia, partió de allí y llegó entre Cannara y Bevagna. Y pasando adelante con aquel fervor, alzó los ojos y vio junto al camino unos árboles sobre los cuales había una multitud casi infinita de pájaros. San Francisco se maravilló y dijo a sus compañeros: «Esperadme aquí en el camino, que yo voy a predicar a mis hermanas las avecillas». Y entró en el campo y comenzó a predicar a los pájaros que estaban en el suelo; y al instante los que estaban en los árboles vinieron a él, y todos juntos se quedaron quietos mientras San Francisco acababa de predicar; y aun después no se marchaban hasta que él les dio su bendición. Y según contó después fray Maseo a fray Jacobo de Massa, aunque San Francisco andaba entre ellos rozándolos con el hábito, ninguno se movía.

La sustancia de la predicación de San Francisco fue esta:

«Hermanas mías avecillas: mucho le debéis a Dios, vuestro Creador, y siempre y en todo lugar lo debéis alabar, porque os ha dado libertad para volar a cualquier parte, y os ha dado vestido doble y triple; y además porque guardó vuestra simiente en el arca de Noé, para que vuestra especie no se perdiera; y también le estáis obligadas por el elemento del aire, que Él os ha destinado.

Además de esto, vosotras no sembráis ni segáis, y Dios os alimenta, y os da los ríos y las fuentes para beber, os da los montes y los valles para refugiaros, y los árboles altos para hacer vuestros nidos; y aunque no sabéis hilar ni coser, Dios os viste a vosotras y a vuestros hijuelos.

Mucho os ama, pues, vuestro Creador, ya que tantos beneficios os concede; por eso guardaos, hermanas mías, del pecado de la ingratitud, y procurad siempre alabar a Dios».

Mientras San Francisco les decía estas palabras, todos aquellos pájaros comenzaron a abrir los picos, a estirar los cuellos, a abrir las alas y a inclinar reverentemente la cabeza hasta el suelo, y con gestos y con cantos mostraban que el Padre santo les daba grandísimo deleite. Y San Francisco se alegraba y se deleitaba con ellos, y se maravillaba mucho de tan gran multitud de pájaros, de su hermosísima variedad, de su atención y su familiaridad; por lo cual alababa devotamente en ellos al Creador.

Finalmente, acabada la predicación, San Francisco hizo sobre ellos la señal de la cruz y les dio licencia para marcharse. Entonces todos aquellos pájaros se alzaron en el aire con cantos maravillosos, y luego, según la cruz que San Francisco había trazado sobre ellos, se dividieron en cuatro partes: una voló hacia el Oriente, otra hacia el Occidente, otra hacia el Mediodía y la cuarta hacia el Norte, y cada bandada se iba cantando cantos maravillosos.

Con esto significaban que, así como San Francisco, abanderado de la Cruz de Cristo, les había predicado y había hecho sobre ellos la señal de la cruz, según la cual se dividieron hacia las cuatro partes del mundo, así la predicación de la Cruz de Cristo, renovada por San Francisco, había de ser llevada por él y por sus frailes a todo el mundo; los cuales frailes, a la manera de los pájaros, sin poseer cosa alguna propia en este mundo, encomiendan su vida a la sola providencia de Dios.

Fuente: traducción propia del italiano, según I Fioretti di San Francesco, edición de Antonio Cesari (1860), de dominio público; texto transcrito en Wikisource italiano, «Fioretti di San Francesco / Capitolo sedicesimo».

Vaso de oro, olivo y ciprés

San Antonio de Padua · Sermón en la Asunción de la Bienaventurada Virgen María

San Antonio de Padua (1195–1231), fraile menor y Doctor de la Iglesia, predicaba desmenuzando palabra por palabra un versículo de la Escritura. En este sermón de la Asunción, que Pío XII citó en 1950 al definir el dogma, comenta un pasaje del Eclesiástico. Ofrecemos algunos fragmentos y la oración con que lo cierra.

Como vaso de oro macizo, adornado de toda piedra preciosa; como olivo que brota, y como ciprés que se eleva a lo alto (Eclo 50, 10-11).

Dice el Señor por Isaías: Y glorificaré el lugar de mis pies. Los pies del Señor significan su humanidad. Lugar de los pies del Señor fue la bienaventurada María, de quien Él tomó la humanidad; y este lugar lo glorificó en el día de hoy, porque la exaltó sobre los coros de los ángeles. Por aquí ves claramente que la bienaventurada Virgen fue asunta en el cuerpo, en el cual fue lugar de los pies del Señor. Por eso dice el Salmo: Levántate, Señor, hacia tu reposo, tú y el arca de tu santificación. Se levantó el Señor cuando subió a la diestra del Padre. Se levantó también el arca de su santificación cuando en este día la Virgen Madre fue asunta al tálamo celestial. […]

¡Oh inestimable dignidad de María! ¡Oh inefable sublimidad de la gracia! ¡Oh insondable profundidad de la misericordia! ¿Qué gracia tan grande, qué misericordia tan grande se hizo jamás, o pudo hacerse, a ángel o a hombre alguno, como a la bienaventurada Virgen, a quien Dios Padre quiso por Madre de su propio Hijo, igual a Él y engendrado antes de los siglos? Grandísima gracia y dignidad sería que una pobre mujercita tuviese un hijo con el Emperador. Verdaderamente, la gracia de María fue más excelente que toda gracia, pues tuvo un Hijo en común con Dios Padre; y por eso mereció hoy ser coronada en los cielos.

Sigue: y como olivo que brota. El olivo es el árbol; la aceituna, su fruto; el jugo, el aceite. El olivo da primero una flor olorosa, de la que sale la aceituna, que es verde, luego rojiza y después madura. Santa Ana fue como el olivo, del cual salió una flor blanca de inestimable fragancia, la bienaventurada María. Ella estuvo verde en la concepción y en el nacimiento del Hijo de Dios, porque conservó la lozanía de la virginidad: virgen antes del parto y en el parto. Fue rojiza en la Pasión de su Hijo, que le traspasó el alma. Fue madura en la Asunción de hoy, brotando, es decir, floreciendo con alegría en la bienaventuranza de la gloria celestial. Por eso, gozándonos de su alegría, cantamos en el introito de la misa de hoy: Gaudeamus omnes in Domino, «Alegrémonos todos en el Señor».

En esa misa se lee el Evangelio: Entró Jesús en cierta aldea; el latín dice castellum, castillo. El castillo es donde hay un muro alrededor y una torre en medio. Castillo es la bienaventurada María, y porque resplandeció con la claridad de toda castidad, el Señor entró en ella. El muro que la defendía, ciñendo la torre, fue la virginidad; la torre que defendía el muro fue su humildad. La humildad de María fue recta y alta: recta, porque miró solo a Aquel que miró su humildad; alta, porque por una palabra de humildad, He aquí la esclava del Señor, fue hecha Reina del cielo.

Sigue: y como ciprés que se eleva a lo alto. La bienaventurada María, como un ciprés, se elevó hoy por encima de la altura de todos los ángeles. […]

Te rogamos, pues, Señora nuestra, ínclita Madre de Dios, exaltada sobre los coros de los ángeles: llena de gracia celestial el vaso de nuestro corazón; hazlo resplandecer con el oro de la sabiduría; afiánzalo con el poder de tu virtud; adórnalo con la piedra preciosa de las virtudes; derrama sobre nosotros, tú, olivo bendito, el aceite de tu misericordia, para que cubra la muchedumbre de nuestros pecados y así merezcamos ser elevados a la altura de la gloria celestial y ser bienaventurados con los bienaventurados. Concédanoslo Jesucristo, tu Hijo, que hoy te exaltó sobre los coros de los ángeles, te coronó con la diadema del reino y te colocó en el trono de la luz eterna. A Él sea el honor y la gloria por los siglos eternos. Diga toda la Iglesia: Amén. Aleluya.

Fuente: traducción propia del latín, Sermones dominicales et festivi, «In Assumptione Beatae Mariae Virginis», nn. 2–5; texto latino en Documenta Catholica Omnia (documentacatholicaomnia.eu, Antonius Patavinus, Sermo 037). El pasaje del «lugar de mis pies» lo cita Pío XII en Munificentissimus Deus, n. 29.

Mira la estrella, invoca a María

San Bernardo de Claraval · Homilía II sobre el «Missus est», n. 17

San Bernardo (1090–1153), abad de Claraval, escribió cuatro homilías «en alabanza de la Virgen Madre» sobre el Evangelio de la Anunciación. Al llegar a las palabras «y el nombre de la Virgen era María», se detiene en ese nombre. Pío XII dijo de esta página que quizá no haya otra más hermosa en alabanza de la Madre de Dios.

Al final del versículo dice: Y el nombre de la Virgen era María. Digamos también unas pocas palabras sobre este nombre, que significa estrella del mar y que conviene de manera muy apropiada a la Virgen Madre. Con toda propiedad se la compara a una estrella: porque así como la estrella despide su rayo sin corromperse, así la Virgen dio a luz a su Hijo sin menoscabo de su integridad. Ni el rayo disminuye la claridad de la estrella, ni el Hijo la integridad de la Virgen.

Ella es, pues, aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyo rayo ilumina el orbe entero, cuyo resplandor brilla en las alturas y penetra hasta los abismos; y recorriendo también la tierra, y calentando más las almas que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios. Ella, digo, es la estrella preclara y eminente, levantada por necesidad sobre este mar grande y espacioso, que centellea con sus méritos e ilumina con sus ejemplos.

Oh tú, quienquiera que seas, que te sientes en la corriente de este mundo más bien zarandeado entre borrascas y tempestades que caminando por tierra firme: no apartes los ojos del resplandor de esta estrella, si no quieres ser tragado por las borrascas.

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de las tribulaciones, mira la estrella, invoca a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la murmuración, de la envidia, mira la estrella, invoca a María. Si la ira, o la avaricia, o el halago de la carne sacuden la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado por la enormidad de tus pecados, confundido por la fealdad de tu conciencia, aterrado por el horror del juicio, comienzas a hundirte en el abismo de la tristeza, en la sima de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. Que no se aparte de tu boca, que no se aparte de tu corazón; y para obtener el auxilio de su oración, no te apartes del ejemplo de su vida. Siguiéndola, no te extravías; rogándole, no desesperas; pensando en ella, no yerras. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no temes; si ella te guía, no te fatigas; si ella te es propicia, llegas a puerto. Y así experimentas en ti mismo con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la Virgen era María.

Pero detengámonos aquí un momento, no sea que también nosotros miremos solo de paso la claridad de tan gran luz. Porque, por usar palabras de los apóstoles, bueno es que estemos aquí; y agrada contemplar dulcemente en silencio lo que un discurso trabajoso no alcanza a explicar.

Fuente: traducción propia del latín, Homiliae super «Missus est» in laudibus Virginis Matris, homilía II, n. 17 (Migne, Patrologia Latina 183, col. 70–71). Texto latino cotejado con la cita de Pío XII en la encíclica Doctor Mellifluus (1953, vatican.va) y con la transcripción de Rosarium Aureum (rosariumaureum.blogspot.com).

El sol de la cristiandad

San Leonardo de Porto Maurizio · El tesoro escondido, capítulo I

San Leonardo de Porto Maurizio (1676–1751), fraile menor de la estricta observancia, fue el gran misionero popular de la Italia de su tiempo y el apóstol del Vía Crucis. Escribió «El tesoro escondido» para que el pueblo conociera y amara la Santa Misa. Del primer capítulo, sobre sus excelencias.

¿Sabéis qué es en realidad la Santa Misa? Es el sol de la cristiandad, el alma de la fe, el centro de la Religión Católica, al que miran todos sus ritos, todas sus ceremonias y todos sus sacramentos; en suma, es un compendio de todo lo bueno y de todo lo bello que hay en la Iglesia de Dios. Por tanto, vosotros que leéis, ponderad bien lo que voy a deciros.

Es verdad incontestable que todas las religiones que ha habido desde que el mundo comenzó han tenido siempre algún sacrificio, como parte esencial del culto que se debe dar a Dios. Pero como sus leyes eran vanas o imperfectas, también sus sacrificios eran vanos o imperfectos. […] El único sacrificio que tenemos en nuestra santa Religión, la Santa Misa, es un sacrificio santo, perfecto y cumplido en todo punto, con el cual cada fiel honra altamente a Dios, confesando a la vez su propia nada y el supremo dominio que Dios tiene sobre él.

La principal excelencia del sacrosanto Sacrificio de la Misa es que debe tenerse por esencialmente el mismo, más aún, por el mismísimo que se ofreció en el Calvario sobre la Cruz, con esta sola diferencia: el sacrificio de la Cruz fue sangriento, se hizo una sola vez, y en esa sola vez satisfizo plenamente por todos los pecados del mundo; el del altar es un sacrificio incruento, que puede repetirse infinitas veces, y fue instituido para aplicarnos en particular aquel pago universal que Jesús hizo por nosotros en el Calvario. De modo que el sacrificio cruento fue el medio de la Redención, y el incruento nos pone en posesión de ella: el uno nos abre el tesoro de los méritos de Cristo nuestro Señor, y el otro nos da su uso. […] Aquel mismo Cuerpo, aquella misma Sangre, aquel mismo Jesús que entonces se ofreció en el Calvario, se ofrece ahora en la Santa Misa. ¡Oh, qué obra tan admirable!

Avivad, pues, la fe, y reconoced en el sacerdote que celebra la Persona adorable de nuestro Señor Jesucristo. Él es el oferente principal, no solo porque instituyó este santo sacrificio y le dio toda su eficacia con sus méritos, sino porque en cada Misa Él mismo se digna, por vuestro bien, transustanciar el pan y el vino en su santísimo Cuerpo y en su preciosísima Sangre. […]

Bendito sea, pues, Dios, que nos ha dado un Sacerdote santo, santísimo, que no solo en todo lugar, pues la santa fe se ha extendido ya por todas partes, sino también en todo tiempo, cada día, más aún, a cada hora (como se deduce del curso del sol, que nace para otros cuando para nosotros se pone), ofrece al Eterno Padre este divino Sacrificio. A cada hora, pues, en diversas partes de la tierra, este Santísimo Sacerdote ofrece al Padre su Sangre, su Alma y todo su ser por nosotros; y lo hace tantas veces cuantas son las Misas que se celebran en el mundo entero. ¡Oh tesoro inmenso! ¡Oh mina de riquezas inestimables que tenemos en la Iglesia de Dios! ¡Dichosos nosotros si pudiésemos asistir a todas estas Misas! ¡Qué caudal de méritos no se adquiriría! ¡Qué cúmulo de gracias en esta vida, y qué fondo de gloria en la otra, no nos daría una asistencia tan amorosa!

Pero ¿qué he dicho, asistencia? Los que oyen la Misa no solo hacen oficio de asistentes, sino también de oferentes, pues también ellos pueden llamarse sacerdotes: Nos hiciste para nuestro Dios reino y sacerdotes (Ap 5, 10). […] Por eso, cuando el sacerdote se vuelve al pueblo, dice: Orate, fratres, «Orad, hermanos, para que mi sacrificio y el vuestro sea aceptable a Dios»; para que entendamos que, aunque él hace de ministro principal, todos los que están presentes hacen con él la gran ofrenda. De modo que, cuando asistís a la Santa Misa, hacéis en cierto modo el oficio de sacerdote.

Fuente: traducción propia del italiano, Il tesoro nascosto, ovvero pregi ed eccellenze della Santa Messa (1.ª ed. Roma, 1737), capítulo I, nn. I–V; según la edición de Nápoles de 1780, digitalizada en Internet Archive (archive.org, identificador bub_gb_kYIjXHKFTiQC).

La oración, dicha del hombre en la tierra

San Juan María Vianney, Cura de Ars · Catecismo sobre la oración

San Juan María Vianney (1786–1859), párroco de la pequeña aldea de Ars, daba cada día una catequesis sencilla a sus feligreses y a los peregrinos que acudían de toda Francia. Quienes lo escuchaban tomaron nota de sus palabras, que el P. Alfred Monnin publicó en 1864.

Mirad, hijos míos: el tesoro del cristiano no está en la tierra, está en el cielo. Pues bien, nuestro pensamiento debe ir adonde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un oficio hermoso: el de orar y amar… Oráis, amáis: ¡he ahí la felicidad del hombre sobre la tierra!

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Cuando se tiene el corazón puro y unido a Dios, se siente dentro un bálsamo, una dulzura que embriaga, una luz que deslumbra. En esta unión íntima, Dios y el alma son como dos pedazos de cera derretidos juntos: ya no se los puede separar. Es cosa muy hermosa esta unión de Dios con su pequeña criatura. Es una dicha que no se puede comprender.

Habíamos merecido no poder orar; pero Dios, en su bondad, nos ha permitido hablarle. Nuestra oración es un incienso que Él recibe con sumo agrado.

Hijos míos, tenéis un corazón pequeño, pero la oración lo ensancha y lo hace capaz de amar a Dios… La oración es un anticipo del cielo, algo que se derrama del paraíso. Nunca nos deja sin dulzura. Es una miel que desciende al alma y lo endulza todo. Las penas se derriten ante una oración bien hecha, como la nieve ante el sol.

La oración hace pasar el tiempo con gran rapidez, y tan agradablemente que uno no se da cuenta de lo que dura. Mirad: cuando yo recorría la comarca de la Bresse, en tiempos en que los pobres párrocos estaban casi todos enfermos, iba rezando al buen Dios a lo largo del camino. Os aseguro que el tiempo no se me hacía largo.

Hay quienes se pierden en la oración como el pez en el agua, porque son todo del buen Dios. En su corazón no hay nada de por medio. ¡Oh, cuánto amo a esas almas generosas!… San Francisco de Asís y santa Coleta veían a Nuestro Señor y le hablaban como nosotros nos hablamos. ¡Y nosotros, en cambio, cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que venimos a hacer ni lo que queremos pedir! Y sin embargo, cuando uno va a casa de alguien, sabe bien a qué va… Hay quienes parecen decirle al buen Dios: «Te voy a decir dos palabras para quitarte de encima…». Pienso a menudo que, cuando venimos a adorar a Nuestro Señor, obtendríamos todo lo que quisiéramos si se lo pidiéramos con una fe bien viva y un corazón bien puro. Pero ¡ahí está!… Estamos sin fe, sin esperanza, sin deseo y sin amor…

Hay dos gritos en el hombre: el grito del ángel y el grito de la bestia. El grito del ángel es la oración; el grito de la bestia es el pecado… Los que no oran se encorvan hacia la tierra, como un topo que busca hacer un agujero para esconderse en él. […]

Padre nuestro, que estás en los cielos… ¡Oh, qué hermoso es, hijos míos, tener un Padre en el cielo!… Venga a nosotros tu reino… Si hago reinar al buen Dios en mi corazón, Él me hará reinar con Él en su gloria. Hágase tu voluntad… No hay nada tan dulce como hacer la voluntad de Dios, ni nada tan perfecto.

Fuente: traducción propia del francés, Alfred Monnin, Esprit du Curé d'Ars. M. Vianney dans ses catéchismes, ses homélies et sa conversation (París, 1864), «Catéchisme sur la prière»; texto francés consultado en la transcripción de Le Petit Sacristain (le-petit-sacristain.blogspot.com, 2 de agosto de 2019).

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